MÚSICAS Y DANZAS DE LOS ALTOS DE JALISCO

“Aquella frase célebre escrita por Manuel Esperón en donde dice ‘De Cocula es el Mariachi y de Tepatitlán los sones’ como grito de origen, se dice que fue cambiada por su intérprete Silvestre Vargas a sugerencia del arreglista Rafael Fuentes por Tecalitlán, pero en el escrito original era Tepatitlán, porque habría tenido alguna fuente que le habría informado o él lo sabía por visita propia. Y sí, había una gran cantidad de sones con un estilo diferente a los del Centro, Sierra, Norte de Jalisco y Sur de Jalisco.” - José Javier López López

En las tierras que comprendieron el Reino de Nueva Galicia (Nayarit, Jalisco, Aguascalientes y Zacatecas) habitaban diversas naciones mesoamericanas como los Cocas, Tecuexes, Caxcanes, Huachichiles, Coras, Wixárikas, Huicholes, Zacatecos y Chichimecas, cada una con costumbres y tradiciones muy particulares. Con la conquista, la población indígena se vio disminuida drásticamente a razón de la guerra, nuevas enfermedades, la esclavitud y el mestizaje al que fueron sometidos disfrazado en una nueva religión; múltiples territorios, edificaciones y tradiciones fueron exterminadas o prohibidas pues no eran afines a las costumbres impuestas por el catolicismo.

No obstante, la concepción hispánica de la música como forma de contacto con Dios era similar a la concepción de los grupos mesoamericanos con sus diversas deidades, ésta poseía un fuerte carácter sagrado y servía como vehículo de comunicación entre el mundo de los mortales y lo divino. El aprendizaje de las nuevas formas musicales se convirtió entonces en una posibilidad para continuar conservando una parte de sus ritos y costumbres, escondiendo en ellos sus conocimientos metafísicos y cosmogónicos para participar en las nuevas ceremonias de carácter religioso que llegaron con la conquista.

Instrumentos e indumentarias traídos del continente europeo y africano son incorporados a las tradiciones de los pueblos indígenas como un último recurso de supervivencia cultural, sus músicas y danzas son modificadas para comenzar a dar forma a lo que conocemos ahora como tradiciones autóctonas de México. Por ejemplo, en la parte sonora el tambor y el arpa ingresan a la cosmovisión indígena como un instrumento divino; en la parte gráfica, figuras y relieves son incorporados en las estructuras católicas como en el caso del templo de Acatic, en donde se plasma la famosa flor de cuatro pétalos para marcar los puntos cardinales o la imagen de Dios representado por un sol resplandeciente enmarcado con grecas prehispánicas; en las danzas y sus indumentarias muchos movimientos y elementos son eliminados pues no correspondían a la ideología católica de los españoles y se cambian por elementos más conocidos por ellos como es el caso de la incorporación de la chaquira, lentejuela, hierro, piel tratada, etc.

Las danzas autóctonas propias del Occidente de México son muy características, puede decirse que el estilo de bailar y hasta de vestuario es similar al de los Chichimecas, sin embargo posee rasgos muy distintivos que lo diferencian. Los Altos de Jalisco – incluyendo la región de Acatic – era parte central de lo que conformaron posiblemente los territorios de la Gran Nación Tecuexe, después de la conquista la población indígena y mestiza vivía en el pueblo mientras que los criollos, negros y mulatos vivían principalmente en haciendas y grandes ranchos. El pueblo de Acatic estaba dividido étnicamente por el Arroyo Blanco todavía hasta 1950, arroyo que viaja de oriente a poniente: del lado norte habitaban principalmente pobladores de origen indígena y mestizo, mientras que del lado sur vivían personas de tez blanca.

La Danza Autóctona o Tradicional de Acatic es una danza nativa donde se guarda la memoria de los indígenas naturales y otros ancestros del pueblo de Acatic del lado Norte del arroyo, su objetivo es conservar ciertos conocimientos ancestrales que puedan ser enseñadas de padres a hijos y de generación en generación. Es una danza de guerreros que está dedicada al Sol como representación de Dios y es poco conocida a pesar de sus fuertes raíces indígenas, en la actualidad familias enteras pactan compromisos generacionales para impedir la muerte de esta tradición.

Al ejecutar la Danza, no hay premios, trofeos o medallas, tampoco es un show ni exhibición por lo que no hay aplausos, pues esta danza no es para exaltar el ego sino más bien es un compromiso ante el pueblo de Acatic, la familia y su Dios. A través del movimiento del cuerpo se expresa el amor, agradecimiento y energía que se comparte con ellos, giran sobre el altar de su templo para cargarse de la energía de Dios mientras que representan el continuo movimiento de los astros. Entre los ancianos de Acatic se dice que en la danza “se vuela con el paso al cielo”, por lo que permanecer el mayor tiempo posible en el aire significaba acercarse aún más Dios.

Mientras otras culturas meditan en tranquilidad, los danzantes de Acatic lo hacen mediante las constantes repeticiones de notas musicales y de sus pasos: danzar con emoción promueve secreción de serotonina y generan conductas positivas, provoca pensamientos que fomentan emociones como la serenidad, el silencio, la sabiduría, la risa, la alegría y el descanso. Algunas fuentes locales platicaban que en la década de 1930, los danzantes de Teponahuasco y Acatic se juntaban para hacer una sola danza, mismos pasos, mismos sones, igual vestuario, ensayando cerca de las fiestas del 2 de febrero. A partir de 1960, se le empieza a conocer como la Danza de Rancho Nuevo pues ensayaban en Rancho Nuevo y la mayoría de sus integrantes eran de aquel lugar.

Con el paso del tiempo, los instrumentos y sonidos europeos que habían sido incorporados por exigencia en la conquista pasan a ser elementos indispensables para la interpretación de las artes musicales, gran parte de las músicas autóctonas del país se va transformando en lo que conocemos ahora como las danzas y las músicas tradicionales de México. Es en esta misma época donde aparece el Son, género mestizo que es la manifestación más representativa de la música tradicional mexicana. En México se llama son a una gran diversidad de estilos de música y baile de carácter profano y festivo que ha cultivado la población – predominantemente mestiza – que representan en sus temáticas historias al amor, mitos, leyendas, personajes, paisajes, animales, acontecimientos sociales y religiosos tanto de la España del siglo XVI como de las nuevas costumbres del México conquistado, algunos también reflejan la transformación de la cultura indígena.

Los sones son interpretados casi siempre por grupos, sus instrumentos son básicamente cuerda y percusión, aunque suele haber uno que destaca como voz solista generalmente todos los integrantes cantan y sus letras son coplas o poemas breves que encierran dentro de sí una idea completa. Se rigen por los patrones de la música occidental, armónicamente se trata de música tonal pues emplea progresiones elementales de las escalas tonales. Existen varias modalidades de sones en el país siendo las más representativas los sones de Tierra Caliente, sones jaliscienses, sones de la Costa Chica y Tixtla, sones istmeños, sones jarochos y sones huastecos.

El son está ligado estrictamente ligado al baile social, no a la danza ritual, donde suelen intervenir una o más parejas que ejecutan zapateados sobre tarimas para también complementar la parte rítmica, y a pesar de que es un baile que incita al cortejo, el son no promueve el contacto físico entre sus danzantes. Don Jesús Muñoz, ex integrante del Mariachi Antiguo de Acatic, contaba que en la Hacienda del Capadero hacían mariachi encima de los agujeros donde habían sacado el barro para hacer loza, ollas, cantaros, platos o comales, que le ponían unos cántaros abajo y encima unas tarimas y, que mientras ellos tocaban, su hermano bailaba zapateando los sones. A ese acto le decían ‘hacer Mariachi’ pero a los músicos no les decía mariachis sino que se les llamaba ‘las músicas’.

En el resto de Los Altos de Jalisco pasaba lo mismo, las fiestas no eran acompañados por un mariachi sino por ‘las músicas’, el grupo musical por tradición y que estaba conformado generalmente por dos violines, un guitarrón de górgoro, una bola o tambora y un redoblante; así eran las fiestas para el baile en haciendas y ranchos de todas las clases sociales, ejecutando sones, canciones, polkas, danzas, contradanzas y sones. Un ejemplo de esto seria ‘El Paso del Volador’, un paso de baile de herencia indígena que refleja el sonido del son jalisciense, que tiene 3 golpes rítmicos de igual valor (derecho-izquierdo-derecho) y que es utilizado durante las peregrinaciones.

El nombre de Mariachi le sería otorgado a algunas agrupaciones de sones jaliscienses tiempo después en el siglo XIX. Es aquí donde la diferenciación entre el Mariachi Tradicional y el Mariachi Moderno entra en disputa: los mariachis tradicionales se basa en trompetas, guitarrones y tamboras, su repertorio abarca canciones de las diferentes regiones del país como jarabes, minués, polkas, chotis, valses, serenatas, corridos y canciones tradicionales de la vida rural, mientras que sus letras hablan del amor a la tierra, el pueblo, la religión, la naturaleza y el trabajo diario; por el otro lado, la música mariachi moderna cuenta con trompetas, vihuelas y guitarrones, ha adoptado otros géneros musicales como la ranchera o el bolero, y sus letras hablan del amor, la ciudad, el país natal, la religión, las mujeres mexicanas y la fuerza del país.

Durante el siglo XX surgen varios movimientos para crear una nueva identidad de México. En Jalisco, la danza y el baile folklórico comienzan a tomar un nuevo foro, identidad y presencia: el jarabe tapatío es creado para su enseñanza en las escuelas y durante los años 40 se escenifica la indumentaria de la mujer campesina por el conocido vestido de listones al que se le agregan 16 metros de vuelo. Para los años 60 imperaban dos corrientes de baile Folklórico: el estilizado, donde se utilizan pasos de Ballet – con mucha estilización de la figura humana y con extraordinarios trabajos, principalmente de Rafael Zamarripa, y Amalia Hernández en México – y el estilo tradicional que promovieron el profesor José Luis Cárdenas Quirarte, investigador y promotor de los sones Serranos de Jalisco, y el profesor Armando Partida creador coreográfico del son de la culebra.